Aquellos fueron días
felices, cuando el júbilo
del címbalo, el laúd y los panderos
se mezclaba con el aroma
de las especias y la menta,
con el perfil de las muchachas
junto al camino de las pitas,
con la luz que se extingue
contra el azul de un mar
que baña la bahía de Cartago.
Aquellos fueron días
colmados de fortuna
cuando creímos alcanzar
la eternidad, y nos sentimos
los héroes de nuestras vidas;
días cuando era suficiente
el placer de un té con piñones
en alguna de las terrazas
de Sidi Bou Said.
Entonces, ¡era
tan fácil conquistar el mundo
y saborear el laurel
de nuestra propia
existencia!
En aquellos días el Sur
no era un punto
en el itinerario de los mapas.
El Sur era la dicha
de mi corazón cabalgando
sobre el celeste de las puertas
de Sidi Bou Said
mientras el olor amarillo
de los limones anunciaba
el triunfo de la vida.
(De Raíz del agua)