El Sur
Entonces, ¡era
tan fácil conquistar el mundo
y saborear el laurel
de nuestra propia existencia!
Huerta del cielo
Allí, cada tarde los ángeles descendían por la escala dorada de Jacob para escuchar el arrullo de los pájaros, olían el pan aún caliente de mi madre y pronunciaban mi nombre.
El color de la memoria
Mi corazón es ataurique y estuco, blanco estandarte de los omeyas, habitáculo de la geométrica caligrafía que engalana Madinat al-Zahra o la desmesura de las bóvedas de la mezquita Azul.
Guadalquivir
Volví la vista de siglos y contemplé al instante cómo mi fecundidad fue patria de reyes tartesios y de legiones romanas.
Yo soy el Oriente
En mi patria se extienden las arterias sin asfalto que alcanzan los confines del alma.